Comunicación y democracia en el siglo XXI
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Comunicación y democracia en el siglo XXI

Rafael Roncagliolo

Resulta muy atractiva y desafiante la invitación de la WACC a revisar, cuarenta años después, el informe de la Comisión MacBride desde la perspectiva de los cambios recientes. ¿Qué diría hoy la Comisión MacBride? ¿Cómo se debe fomentar y proteger la participación genuina, la igualdad y la diversidad?


El 22 de febrero de 1980, Amadou M’Bow (a la derecha) recibió el informe sobre problemas de comunicación de manos de Seán MacBride (a la izquierda), a quien más tarde confirió la Medalla de Plata de la UNESCO. Foto: UNESCO.


 

Al respecto, cabe una observación preliminar que define la perspectiva de las líneas que siguen. Al final del Informe MacBride, se registran los comentarios personales de algunos de los miembros de la Comisión. Como eventual asistente de Gabriel García Márquez en la Comisión, no puedo olvidar aquello que los dos miembros latinoamericanos de la misma, García Márquez y Juan Somavía, registraron en sus comentarios: lo más trascendente del Informe es su llamado a la democratización de las comunicaciones.1 O sea, ¿cómo asegurar que las comunicaciones sean más democráticas y sirvan a la democracia?

Aquello no era claro para todos, en la época de la Comisión MacBride. En esos mismos comentarios al Informe, el miembro soviético de la Comisión, Sergei Losev, declara que, en su opinión, “el derecho a la comunicación no ha ganado ningún reconocimiento internacional.”2 Hoy, sin embargo, es sólo a partir del reconocimiento de ese derecho que podemos interrogarnos sobre el vínculo entre comunicación y democracia. 

La democracia representativa: Una historia trifásica

Para colocar a las comunicaciones en el marco de la democracia, hay que partir de las condiciones de esta última. El ideal y el significado mismo de democracia desbordan ampliamente los propósitos y alcances de estas líneas. De manera, que nos limitaremos a los espacios y mecanismos democráticos de representación, que, por cierto, son sólo un aspecto, aunque no menor, de la vida democrática.

Bernard Manin, en un texto que ya es un clásico,3 considera que la democracia representativa contemporánea ha pasado por tres etapas consecutivas, no excluyentes sino sumatorias: (1) la etapa del parlamentarismo; (2) la etapa de la “democracia de partidos”, y (3) la que él llama democracia “de audiencia”, que quizás sería mejor llamar “democracia mediática”.

En este esquema trifásico, puede considerarse que, en la primera etapa, el escenario principal, aunque no exclusivo, de la representación, el lugar en el que se fija la agenda, es el parlamento: “El gobierno representativo moderno se establece sin partidos políticos organizados. Es más, los fundadores del gobierno representativo consideran la división en partidos o ‘facciones’ como una amenaza contra el sistema que estaban fundando.”4

En la segunda fase, los partidos se convierten en intermediarios entre representantes y representados. En los partidos se deciden los candidatos y desde los partidos se manejan los congresos. Del voto por personas notables se pasa al voto por partidos, que enarbolan programas e intereses articulados. “La democracia de partido es el gobierno del activista y del burócrata del partido.”5 Al mismo tiempo, se democratiza el derecho al voto. 

En estas dos primeras fases la prensa escrita es un vehículo principal de expresión política, al lado de la calle. En la segunda, aparecen el local partidario, la célula política, y la radio, aunque esta última, en su origen juega un rol político menor. Sólo hacia 1933, cuando F.D. Roosevelt inicia sus “fireside chats”, la radio se convierte en un medio importante de comunicación política.

En la tercera fase, que hemos denominado “mediática”, los medios masivos, y, sobre todo, los sets de televisión, pasan a cumplir un rol crucial. Por supuesto que siguen vigentes las calles, los partidos, los grupos de interés y de presión, los periódicos y la radio, pero de alguna manera la TV juega un rol primordial. Esto es lo que Giovanni Sartori denominó la “videopolítica”, en un libro deslumbrante que apareció bastantes años después del Informe MacBride.6 La televisión, hay que recordarlo, se expande sólo después de la segunda guerra mundial; en los países de América Latina, recién en la segunda mitad de los años sesentas del siglo pasado; y, en otros países, aún más tarde.

En esta tercera fase, la vida política pasó a desplegarse principalmente en la arena de los medios. Ello ya se anuncia en la extendida combinación de “videopolítica” y “encuestocracia” que dominó y domina los eventos electorales. Y en el hecho de que, de vuelta al pasado, otra vez “los votantes tienden más a votar a la persona en vez de al partido o al programa.”7 Tenía que ser así, pues se volvió a la percepción directa de los políticos, y puesto que, por su propia naturaleza, la TV privilegia a los rostros sobre los conceptos.

No desaparecieron, por cierto, las otras formas de hacer política. Las calles estuvieron siempre presentes y los medios no podían ser impermeables a lo que en ellas ocurría. Los sindicatos (aunque ya en franca declinación), las marchas contra la guerra en Vietnam, las tomas de tierra en diversos países, el movimiento por la igualdad racial y el movimiento feminista animaron los años de la videopolítica.

Pero los locales partidarios y las células de militantes políticos empezaron a desvanecerse. Las carreras políticas formales pasaron a desarrollarse principalmente a través de los medios; y la clásica función de “agenda-setting”, se sobreconcentró en los medios, y, sobre todo, en la televisión 

En este marco histórico, lo que se requería era democratizar el ejercicio de los derechos a informar y ser informados, para lograr una genuina democracia. Pero en la época del Informe MacBride, el acento estaba puesto sobre la prensa escrita y las agencias internacionales de noticias. Fue bastantes años después del Informe Macbride que Giovanni Sartori publicó su célebre y polémico libro, que señala a la televisión como vehículo del postpensamiento. Es decir, que afirma la muy controvertida afirmación de que la videopolítica es la negación de la democracia. 

La cuarta fase

Ahora bien, lo que está ocurriendo en la actualidad permite pensar que estamos transitando a una cuarta fase en la evolución planteada por Manin: la fase de la democracia digital y de redes.

Esta cuarta fase, que tampoco reemplaza a las anteriores sino que se suma a ellas, se caracteriza por la interacción inmediata (no mediada) entre los ciudadanos. Desde fines del siglo XX las campañas políticas requieren, además de los tradicionales “equipos responsables de prensa”, “equipos responsables de redes”, para alimentar los intensos flujos de comunicación interpersonal y retroalimentar a los candidatos. 

Vivimos, según Manuel Castels, la era de la información y de la sociedad – red,8 que “es un periodo histórico caracterizado por una revolución tecnológica centrada en las tecnologías digitales de información y comunicación, concomitante, pero no causante, con la emergencia de una estructura social en red, en todos los ámbitos de la actividad humana, y con la interdependencia global de dicha actividad (…) Como todo proceso de transformación histórica, la era de la información no determina un curso único de la historia humana. Sus consecuencias, sus características dependen del poder de quienes se benefician en cada una de las múltiples opciones que se presentan a la voluntad humana.”9

Naturalmente, el término era invoca estadios de larga duración, en términos braudelianos,10 o las edades (antigua, media, moderna y contemporánea) de la escuela. Así, puede hablarse de la era de la escritura, la era de la imprenta o la era de la digitalización. Esta última era, en todo caso, se expresa en cambios que trascienden ampliamente el terreno de la tecnología.

Uno de los cambios más importantes y notorios es el reemplazo, en parte, de los partidos políticos por los movimientos sociales, como se ha constatado recientemente en numerosas realidades. En los Estados Unidos, la fuerza y la energía del movimiento Black Lives Matter, fundado en 2013, radica en una combinación de prácticas callejeras con el uso de las redes virtuales, lo que lo ha llevado a desbordar los márgenes de acción de todas las organizaciones de defensa de la igualdad racial pre-existentes.

Del mismo modo, el movimiento #Me Too, surgido como hashtag en octubre de 2017 y extendido por el mundo entero, combina la protesta callejera masiva a favor de erradicar la violencia sexual contra las mujeres, con la comunicación y organización a través de las redes sociales. Ambos movimientos, aunque buscan que sus agendas sean incluidas en los partidos, y el Partido Demócrata tiene que tenerlas en cuenta, desbordan los límites partidarios.

Lo dicho, se expresa con la misma evidencia en otros países con regímenes de partidos más sólidos, como es el caso de Chile, donde las demandas de cambio constitucional se han desarrollado masivamente en las calles, con prescindencia de los partidos políticos. También se ha expresado recientemente en el Perú, donde la gente en las plazas y calles de todo el país, sin conducción de ningún partido, obligó a renunciar al régimen efímero y antipopular de Manuel Merino en el año 2020. O en Francia, con el Mouvement des Gilets Jaunes. 

En todos estos casos, los protagonistas han sido los movimientos sociales y no los partidos, y la comunicación y la movilización masiva se han realizado, sobre todo, a través de redes virtuales en interacción con los grandes medios. Es cierto que estas movilizaciones apartidarias (o antipartidarias) existían mucho antes, como se demostró, por ejemplo, en mayo de 1968 en París así como en múltiples otras ocasiones. Pero sólo con la comunicación digital se han vuelto un fenómeno común y global.

Por ello puede afirmarse que la democracia representativa, y la vida política en general, ha entrado a una cuarta fase que es la fase digital.

¿Quién controla la democracia digital?

El desafío principal que plantea la democracia digital, tiene que ver con el mismo problema fundamental que motivó a la UNESCO a crear la Comisión MacBride, y a sus miembros a producir el informe. Este problema es ¿quién controla el poder de las comunicaciones?

En principio, ninguna innovación técnica tiene un signo positivo o negativo. El signo sólo proviene de la forma en que es utilizada. Así, entre otras eventuales virtudes de esta nueva forma de comunicar, figura la posibilidad de establecer formas de genuina democracia directa y participativa. Se multiplican las posibilidades de deliberación pública sobre los problemas colectivos y las posibles alternativas de política pública para enfrentarlos: el sueño del ágora ateniense en la “Global Village” de McLuhan.11

Sin embargo, en lo inmediato, se plantea el mismo problema de fondo que estuvo en el corazón de las preocupaciones del informe MacBride, que es el problema de los flujos, nacionales e internacionales, ¿Quién controla los flujos? ¿Cómo establecer un control democrático de los mismos?

Lo que ha ocurrido recientemente, cuando los dueños de las redes más importantes decidieron silenciar a Trump, por sus escandalosas falsedades, es la mejor ilustración de la índole de los desafíos que estamos enfrentando. De hecho, ya existen numerosas expresiones de la urgencia de hacer algo.

Así, en Alemania, se aplica desde el año 2018 una ley, la NetzDG, que impone multas a las empresas de redes sociales que no eliminen en un plazo de 24 horas cualquier discurso de odio o con contenido que pueda incitar a la violencia. Iniciativas similares se ensayan en España y en Francia frente a la avalancha de las fakenews.

Los empresarios de redes, tienen que adaptarse a estas nuevas disposiciones. Así, Tristan Harris, ejecutivo de Google, declaró al periodista Andrés Oppeheimer que “la única forma en que vamos a resolver este problema [de las fakenews] definitivamente es mediante algún tipo de regulación gubernamental. Cuando digo eso – agregó Harris – no me refiero a que el gobierno regule lo que podemos o no podemos decir en Internet. Creo que necesitamos que el gobierno regule el modelo de negocios de estas empresas.”12 Es decir, tenemos que cambiar un modelo que propicia la difusión de noticias falsas, porque son las preferidas por los consumidores (como los reality shows y el sensacionalismo noticioso).

Al mismo tiempo, este tipo de normas genera desconfianza política y social por la posibilidad de imparcialidad en su aplicación y por la dependencia de aquellos quienes la aplican, con lo cual, volvemos al clásico debate sobre qué es la libertad de expresión y si existen límites. Y, más allá de ello, al modelo mercantil y neoliberal que llevó ayer a la concentración de los grandes medios y que lleva hoy a la concentración de las redes sociales, encapsuladas en la lógica del negocio, tanto en el nivel de cada país, como a escala internacional. 

Un puñado de corporaciones vinculadas a las tecnologías de punta (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) controla la mayor parte del mundo digital en el cual vivimos, incluidos millones de datos personales. Este situación afirma y expande la vigilancia sobre las vidas privadas, debida al control corporativo, la “heightened surveillance”, cuya exacerbación es característica de la sociedad de la información, según Anthony Giddens.13

Sin duda, éste debería ser el gran tema de una Comisión MacBride del siglo XXI. ν

Notas

1. Un Solo Mundo, Voces Multiples. México, , FCE, 1980, p.263.

2. Ibidem, p. 259.

3. Manin, Bernard, Los principios del gobierno representativo. Madrid, Alianza Editorial, 1998.

4. Ibidem, p. 238.

5. Ibidem, p. 255.

6. Sartori, Giovanni, Homo Videns, Madrid, Taurus, 1998.

7. Manin, Op. Cit., p, 267.

8. Castells, Manuel, La era de la Información. México, Siglo XXI, 1996; y, sobre todo, Comunicación y poder, Madrid, Alianza Editorial, 2009.

9. Ibidem, ps. 6 y 7.

10. Braudel, Fernand, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. México, FCE, 1953.

11. McLuhan, Marshall, The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man, University of Toronto Press, 1962.

12. El Comercio Lima, lunes 24 de enero del 2021, p. 23: Oppenheimer, Andrés, “¿Regulará Joe Biden las redes sociales?

13. Giddens, Anthony, The Nation State and Violence: Volume Two of a Contemporary Critique of Historical Materialisms, Cambridge, Polity, 1985.

 

Rafael Roncagliolo, sociólogo, periodista y catedrático universitario, es profesor honorario de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ex ministro de Relaciones Exteriores del Perú (2011-13). Ex Embajador del Perú en España (2015-16). Ex presidente de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC) (1995-98). Ex vicepresidente de IAMCR – AIERI (Asociación Internacional de Investigación en Medios y Comunicación) (1982-86).

Nota del editor: Lamentablemente, el profesor Rafael Roncagliolo falleció en abril de 2021, justo antes de que este artículo saliera a la imprenta. Puede representar sus últimos pensamientos sobre el tema de la democratización de las comunicaciones.

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