En México, la pandemia silenció las voces de las personas migrantes y refugiadas
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En México, la pandemia silenció las voces de las personas migrantes y refugiadas

Por Marie-Pia Rieublanc

A pesar de que muchas fronteras cerraron en el continente americano a raíz de la pandemia de Covid-19, México siguió recibiendo a miles de personas inmigrantes después de marzo. Pero estas personas fueron excluidas de las comunicaciones de prevención oficiales y las medidas de distanciamiento social limitaron sus oportunidades de encontrarse y organizarse para ejercer su derecho a la comunicación contrarrestando los discursos xenófobos que aumentaron durante la pandemia.

Amigo migrante, si no traes cubrebocas, serás detenido y deportado.” Estas palabras poco amigables fueron difundidas en julio en las páginas de El Orbe, un periódico mexicano editado en Tapachula, ciudad del estado de Chiapas ubicada a cuarenta kilómetros de Guatemala y receptora de miles de personas inmigrantes cada año.

A pesar del cierre de las fronteras de Estados-Unidos y de los países centroamericanos, los flujos migratorios no han parado en México durante la crisis sanitaria provocada por el nuevo coronavirus… y los discursos discriminatorios tampoco. De inicios de marzo a fines de julio, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) registró a 10,309 solicitantes de refugio, en su mayoría hondureños y haitianos. Fueron menos en comparación al mismo periodo en el 2019, año en el cual las llegadas de personas refugiadas fueron históricamente altas debido a que la crisis de derechos humanos en Centroamérica estaba en su auge, pero superaron las cifras del 2018. A estas personas se suman otros miles que entran a México sin pedir asilo sino con el proyecto de cruzar el país para llegar al Norte.

Excluidos de las comunicaciones oficiales

Sorprendentemente, cuando se desató en México la pandemia, las instancias gubernamentales no desplegaron esfuerzos considerables para prevenir la circulación del virus entre la población inmigrante. La campaña “Quédate en casa” diseñada por la Secretaría de Salud para incentivar el confinamiento voluntario, que incluía la difusión masiva de carteles en la calle y las redes sociales, no se dirigía a quienes tenían un difícil acceso a la vivienda, como es el caso de muchas personas en contextos de movilidad.

Los múltiples mensajes de información sobre las medidas de distanciamiento social, el uso de cubrebocas o de gel antibacterial y el lavado de manos tampoco estaban diseñados para personas que viven en situaciones precarias con difícil acceso al agua y a productos de higiene. No se difundieron mensajes en los idiomas de las personas más presentes en los flujos actuales, como el creole, hablado por los haitianos, o los idiomas hablados en países africanos, de los cuales huyen cada vez más personas para refugiarse en México y Estados Unidos.

Mensajes xenófobos para criminalizar e intimidar

A cambio, los que sí se difundieron con más impacto en los medios de comunicación fueron los discursos discriminatorios hacia la población inmigrante. La xenofobia no es nueva en México y se agudizó desde que llegaron en octubre 2018 los primeros grupos multitudinarios de refugiados centroamericanos denunciados como una “invasión” por el presidente estadounidense Donald Trump. Pero se incrementó aún más durante la pandemia y las personas recién llegadas fueron equiparadas a un peligro, como en el cartel difundido por El Orbe (ver imagen). El mensaje final que se puede leer abajo de la ilustración (“No seas muco*, toma conciencia, te contagias y nos contagias”), posiciona directamente a las personas migrantes como irresponsables y vectores del nuevo coronavirus.

“Lo que busca este mensaje es intimidar y manipular: no está escrito en ningún reglamento que una persona pueda ser deportada por no usar mascarilla, pero claramente es otra forma más de seguir criminalizando, discriminando y señalando a las personas en movilidad”, denuncia Diego Lucero, integrante del Centro de Derechos Humanos Fray Matías (CDHFM), el cual lleva veintitrés años acompañando a personas en situación de movilidad en la frontera sur de México.

“No hemos visto ninguna denuncia ni reacción por parte del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (la CONAPRED), por lo cual quisimos crear nosotros mismos una campaña con lonas sobre cuidados colectivos inclusivos para contrarrestar este mensaje, pero como estábamos en tiempos de pandemia no hemos podido hacerlo”, lamenta Diego Lucero, quien coordina el área de ejercicio colectivo de derechos. “También queríamos elaborar una campaña contra las narrativas discriminatorias que señalan a las personas migrantes como ‘responsables de la suciedad de la Ciudad’, dejando en botes de basura públicos mensajes positivos creados con las personas migrantes y refugiadas, pero se tuvo que postergar”, agrega Diego.

Confinamiento e impotencia

Estos dos ejemplos muestran cómo la pandemia limitó las posibilidades de las personas migrantes y sus defensores de ejercer su derecho a la comunicación interviniendo en el espacio público para combatir la xenofobia, debido a que muchas organizaciones de la sociedad civil han tenido que suspender actividades a partir de mitad de marzo para respetar las medidas sanitarias implementadas a nivel nacional.

En este país de 125 millones de habitantes, donde el 30 de agosto se registraban 595,841 casos acumulados y 64,158 defunciones, el confinamiento voluntario sigue vigente más de cinco meses después de su arranque oficial. A partir de la primera semana de septiembre, solo 10 de 32 estados pasarán al semáforo amarillo (un código oficial que se refiere a una etapa de la pandemia en la cual “hay más actividades, pero con precaución”), lo que sigue impidiendo proyectar actividades grupales presenciales a mediano plazo en gran parte del país.

En este contexto, La Sandía Digital tuvo que cancelar el taller que planeaba organizar en agosto con el apoyo de la fundación WACC en el marco del proyecto “Voces Migrantes: Libertad de expresión y acceso a la información en México”. El objetivo era crear una campaña colaborativa con un grupo de veinte personas migrantes para generar narrativas positivas sobre la migración y uno de los caminos contemplados era justamente aliarse con el Centro de Derechos Fray Matías. Pero la colectiva no quiso abandonar el proyecto del todo y optó por una serie de podcasts que será realizada de manera colaborativa mediante mini-talleres con personas migrantes en los próximos meses.

La importancia de los encuentros

Más allá de las actividades específicamente diseñadas para generar acciones de intervención narrativa, también desparecieron muchos espacios de plática y escucha donde personas en situación de movilidad y víctimas de violaciones a sus derechos humanos podían contar sus historias de manera libre y segura. “Esto ha afectado sobre todo a las mujeres que necesitan estar en círculos no mixtos para hablar con confianza y a niños y niñas con quienes hay que organizar juegos para que se puedan expresar más fácilmente”, agrega Diego Lucero del Fray Matías.

“Es una lástima que no se hayan podido organizar encuentros entre personas migrantes durante la pandemia porque es necesaria la retroalimentación entre las personas que hemos avanzado en el proceso de refugio y las que acaban de entrar”, lamenta Roque Moreno, refugiado hondureño de 52 años quien acaba de obtener su residencia permanente en México. Conoció a La Sandía Digital en septiembre 2019 en el marco de un proyecto a favor de la integración socio-laboral de personas migrantes y estaba ansioso por participar en el taller que se tuvo que cancelar en agosto.

Incomunicados

Fuera de la esfera de las organizaciones no gubernamentales, este padre de familia empleado en una maderera ha visto afectadas también sus relaciones personales con otras personas migrantes por la pandemia. “Justo durante las dos semanas antes del inicio del confinamiento, solía reunirme mucho con un grupo de amigos de Venezuela y Honduras con quienes nos juntábamos para ver películas y hasta hicimos un pequeño viaje juntos, pero ya nada de eso fue posible después y es difícil mantener el contacto solo por Whatsapp”, reconoce Roque, quien se siente “alejado” de la comunidad migrante desde que ha empezado la crisis sanitaria.

El aislamiento ha sido un problema para muchas personas migrantes que se quedaron incomunicadas durante la pandemia, sobre todo para las que fueron impactadas económicamente por ella. El acceso a los smartphones, la 4G y el internet es un privilegio al cual pocas personas migrantes en situaciones preciaras tienen acceso. “Las que perdieron su empleo a raíz de la crisis sanitaria no tienen el dinero para recargar sus saldos o pagar el wi-fi aparte de una renta”, explica Diego Lucero, cuya organización ha mantenido atenciones individuales por vía telefónica durante la pandemia. “Sabemos que las personas más vulnerables se están quedando sin atención porque no se pueden comunicar con nosotros”, lamenta.

La vida en comunidad en los albergues

Mientras se promovía el aislamiento y el distanciamiento social en todo el país, la vida en comunidad siguió en los albergues para migrantes. Cuando se desató la crisis sanitaria, varios cerraron sus puertas a nuevos ingresos para evitar contagios mientras los huéspedes tuvieron que dejar sus trabajos. Se generó una situación sin precedente en la cual las personas solicitantes de refugio o en espera de una visa por razones humanitarias (un documento que les permite transitar libremente en México) tuvieron que alargar su estancia sin poder construir su autonomía financiera. Y aunque sus trámites migratorios se seguían procesando, avanzaron más lento que lo normal.

“Muchas personas se sentían angustiadas por no poder hacer nada mientras sus familias estaban enfrentando la crisis sanitaria en sus países de origen y por no poder seguir sus caminos, pero afortunadamente logramos mantener un ambiente muy bonito durante todo el confinamiento”, cuenta la hermana María Antonia, coordinadora de la Casa Mambré, un albergue gestionado por la organización Scalabrinianas Misión con Migrantes y Refugiados (SMR) en la Ciudad de México, donde se confinaron hasta 37 personas después del inicio de la pandemia.

Dentro de la atención integral que este albergue siempre proporciona a sus huéspedes, se tuvieron que incluir círculos de palabra en las mañanas después de cada desayuno y hasta una atención psicológica facilitada por personas contratadas por SMR y proporcionada de manera individual vía videoconferencias.

De alguna manera, albergues como la Casa Mambré se volvieron pequeños oasis de colectividad en medio del distanciamiento social promovido durante la pandemia, en los cuales pudieron expresar sus angustias y su creatividad libremente. Dado que nadie externo podía entrar a facilitar talleres, fueron los mismos huéspedes quienes tuvieron que encargarse de las actividades recreativas. “Ellos eran los protagonistas y eso permitió que se apoyaran unos a otros, cada uno con sus talentos y sus habilidades”, agrega María Antonia, recordando que se dieron clases de educación física, de zumba, de matemáticas, de teatro y de pintura.

La palabra de estas personas migrantes no ha llegado al espacio público a través de campañas contra la xenofobia, pero al enterarse de esta experiencia de resiliencia y solidaridad, quienes los quieren criminalizar y discriminar, ¿tal vez podrían cambiar de opinión?

*Palabra despectiva usada en Tapachula para decir de una persona que es necia y mal educada.

Marie-Pia Rieublanc, integrante de La Sandía Digital. Periodista y comunicadora francesa, lleva seis años en México, donde ha trabajado en asociaciones civiles además de realizar reportajes para diversos medios. Se ha encargado del área de comunicación de Otros Mundos/Amigos de la Tierra México, una organización en defensa de los territorios ubicada en el estado de Chiapas. Ahora vive en la Ciudad de México y forma parte de La Sandía Digital, una colectiva de producción audiovisual y comunicación estratégica, donde coordina el área de comunicación así como el proyecto “Voces Migrantes”.

Photo: Caravana de migrantes de México, Sean Hawkey/ACT Alliance

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