¿Radio para los sin voz o radio para los sin voz pública?
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¿Radio para los sin voz o radio para los sin voz pública?

El movimiento de lo que hoy llamaríamos Radios Comunitarias inicia su acción en Latinoamérica en los tiempos en que el sector popular comienza a adquirir presencia pública. Fines de los 60, principios de los ’70, fue una época que en diversos países se comenzaron a producir modificaciones institucionales que buscaban integrar a sectores populares a la sociedad, hasta entonces marginados de cuestiones laborales, sindicales, e incluso electorales. Un dato: en Chile, los analfabetos recién pudieron votar en la Parlamentaria de marzo de 1973.

En este ambiente de ampliación de derechos, la radiodifusión ofreció una tecnología pertinente para que el sector popular pudiera comenzar a expresarse. Muchas de estas experiencias fueron auspiciadas por entidades no populares, como la Iglesia Católica. De allí que el lema “Dar voz a los que no tienen voz”, obtuviera una amplia recepción, pues logró dar cuenta del espíritu que movilizaba a quienes impulsaron estas iniciativas: permitir que quienes eran vistos como sin voz (el sector popular) adquirieran voz.

Una distinción simple pero demoledora: Mientras la información la entiende como el envío de mensajes sin posibilidad de retorno no-mecánico (algo así como solo reciprocidad de informaciones-estímulo y no diálogo), a la Comunicación la ve como el intercambio de mensajes con posibilidad de retorno no-mecánico entre polos igualmente dotados del máximo coeficiente de comunicabilidad.

Por ello, le atribuye el carácter “privativo de las relaciones dialógicas interhumanas o entre personas éticamente autónomas, y señala justamente el vínculo ético fundamental con un “otro” con quien “necesito comunicarme”; el “estado abierto” como apertura a, o descubrimiento-aceptación de la alteridad en la interlocución, y, por reflejo, de una conciencia de mí mismo” (Pasquali, 1990: 50).

Así, los medios de difusión (ya no los podemos llamar de Comunicación) quedan instalados precisamente como medios, no como fines en sí mismos. El desafío quedó operacionalizado: ¿cómo poner estos medios al servicio de la expresión del sector popular? Esto, en el entendido que la comunicación (la verdadera comunicación), no ocurre en la relación medios-audiencia, sino en la relación entre las personas. Por lo tanto, la pregunta orientadora fue cómo poner los medios al servicio de la comunicación dialógica entre las personas. Ello, en el entendido que gracias a la comunicación dialógica, los territorios se transforman en comunidades.

A esta nueva comunicación fue necesaria bautizarla, para hacerla distinguible de la comunicación otra, masiva y alienadora, contra la que se quería luchar. Ello, aunque implicara encontrar un nombre redundante, como el de Comunicación Dialógica (Huesca, 1994). Este ejercicio no resultó fácil: Fuentes Navarro (1991) documentó la convivencia de al menos 33 denominaciones para esta comunicación-otra. Ello a pesar del consenso amplio sobre el significado de esta práctica: la búsqueda de la transformación social y el requerimiento de la participación de los actores sociales (1991: 178).

Tres posibilidades
No obstante la dispersión, tres fueron las denominaciones más empleadas: popular, alternativa y participativa (Fuentes Navarro, 1991: 163). Abordarlas temporalmente, permite explicar la atracción que ellas generaron.

Así, la primera que surge es Comunicación Popular. Su origen es tautológico, dado que se trata de una propuesta de comunicación que busca dar voz al sector popular (reitero: considerado como sin voz). Por lo tanto, la denominación Comunicación Popular encierra aquella que emerge desde el sector popular, la que, en consecuencia, permite instalar los temas, intereses y las voces del sector popular en el espacio púbico.

La segunda, cronológicamente hablando, sería Comunicación Alternativa. Su propuesta resulta bastante clara: dado que el sector popular está alienado, los contenidos que emite a través de la radio no escaparían de esta condición. Evidentemente, la gran influencia que en América Latina alcanzó la Escuela de Frankfurt y su diagnóstico sobre la industria cultural, está detrás de esta conclusión. Por lo tanto, la Comunicación Popular no ofrece garantías suficientes, pues no resulta evidente que los contenidos que produce el sector popular estén libres de alienación.

Por ello, la voz Alternativa añade una complementariedad imprescindible: se trata de entregar contenidos alternativos a los oficiales. En consecuencia, emerge una pregunta obvia: ¿qué sujetos o actores sociales están en condiciones de producir contenidos alternativos? La respuesta va a depender de lo que entendamos como antídoto que permita a los sujetos mantenerse libre de la alienación que la Industria Cultural tiene capacidad de provocar.

Para identificar el antídoto, tomo un breve desvío. Como observa Torrico (2000), la teoría crítica frankfurtiana y la escuela funcionalista estadounidense (Mass Communication Research, o MCR), comparten una sobrevaloración del poder de los medios respecto de la capacidad de los individuos de resistir a estos contenidos. Así, estas dos opuestas escuelas, atribuyen una capacidad similar a los medios, aunque con diferentes resultados. Para la MCR, los mensajes emitidos por los Medios tendrían la capacidad de que las personas tradicionales pasen a ser modernas (Rogers, 1962), con lo cual se daría el paso de subdesarrollo a desarrollo. Para Frankfurt, tendrían la capacidad de alienar a las personas (Horkheimer y Adorno, 1969), permitiendo el predominio del capitalismo.

Por lo tanto, emerge una segunda coincidencia entre ambos (opuestos) paradigmas: la condición letrada inmuniza a los sujetos del poder de los medios. Ello, por cuanto los letrados o ya están desarrollados, o en posición de prevenirse de las capacidades alienantes de la industria cultural.

En adición, los contenidos alternativos sólo podrían ser elaborados por personas letradas, condición que sí ofrece garantías de que no están afectadas por los influjos alienantes de la industria cultural. De este modo, la Comunicación Alternativa lograría sus objetivos al difundir contenidos alternativos a los de la Industria Cultural, contenidos que debieran generar los efectos esperados: un sector popular movilizado y sacudido de la alienación.

 

Contenidos alternativos
Así, la denominación Comunicación Alternativa centra su énfasis en la emisión de contenidos alternativos (como ya fue señalado, alternativos a aquello o a quienes buscan impedir tanto la transformación como la participación del sector popular). A pesar del riesgo de ser reiterativo (peor aún: aburrido), insisto en que esta opción (alternativo en los contenidos) implica tener confianza en la capacidad transformadora de los mensajes en una audiencia dada.

Por lo tanto, no se pregunta si además de los contenidos, la comunicación radiofónica puede ser alternativa en alguna otra dimensión.

Nuevamente, un breve rodeo, esta vez para apelar a uno de los cinco conocidos axiomas de Watzlawick (1979): todo mensaje tiene una dimensión de relación y otra de contenido, siendo la relación la que confirma o desmiente el contenido. El uso de la ironía ofrece un ejemplo para graficar esta afirmación: mientras la persona no haga un gesto facial delator, será difícil comprender el contenido, pues no está definida la relación (¿estará ironizando o no?).

Esta propuesta de Watzlawick permite sostener que se puede ser alternativo no sólo en los contenidos sino también en la relación.

Así llegamos a la tercera detención de este breve recuento: la Comunicación Participativa. Como las anteriores, esta denominación aspira ser autoexplicativa: el acento está puesto en la participación, lo que en palabras de Prieto (1985), se produce en el proceso, y no en el producto.

En el plano radiofónico, centrarse en el proceso consiste en ofrecer una alternativa en la relación emisor-audiencia. Esto no significa pasar de una relación vertical a una horizontal, pues ello es tecnológicamente imposible: en la comunicación masiva, inevitablemente habrá un emisor y muchos receptores. La nueva relación florece de una pregunta: ¿cómo poner la comunicación masiva al servicio de la comunicación grupal? La distinción entre ambos niveles (masivo y grupal), incorpora la advertencia que se colige de la diferenciación entre Comunicación e Información propuesta por la Escuela Latinoamericana de Comunicación: la comunicación no se da en el nivel masivo, sino en el nivel grupal, pues sólo aquí la relación dialógica si es posible.

¿Cómo se relaciona esto con lo participativo? Al poner el énfasis en el proceso, y no en los productos, la pregunta que orienta la Comunicación radiofónica Participativa, es ¿cómo usar el proceso de producción radiofónica para posibilitar diálogo en el territorio?

Aunque la respuesta es metodológica (se requieren formatos radiofónicos participativos), su alcance es político: ya no se trata de dar voz a los que no tienen voz, sino de contribuir a que quienes tienen únicamente voz privada adquieran voz pública.

La denominación Comunicación Participativa presupone que todos los actores sociales tienen voz, pero solo algunos poseen la voz legitimada para aparecer en el espacio público.

De allí que bajo esta denominación, el comunicador no sea visto como un productor de mensajes, sino como un agente capaz de generar condiciones para que la comunicación (dialógica) sea posible. De este modo, las identidades pueden construir el relato que les permitirá obtener el reconocimiento que estimen adecuado, y así contar con un nosotros fuerte y movilizador.

Esto tiene una potencia política, pues la política nace simultáneamente con el nosotros: si los problemas radican en el yo, basta con un buen terapeuta. Pero si radican en el nosotros, se requiere un cambio político, es decir, en las condiciones estructurales que afectan a nuestra identidad, marginándola de lo público.

Ampliando el número de voces que tienen legitimidad
En conclusión, tras estas denominaciones, lo que observo es la disputa entre dos proyectos de democratización del Espacio Público. Uno que entiende como suficiente dar voz a los que no tienen voz, sin preocuparse de sí para hacerlo hay subalternos que tienen que hablar con la voz del hegemónico; y otro que entiende que se logra ampliando el número de voces que tienen legitimidad para aparecer en el espacio público.

El segundo tiene presente una advertencia: “como si bastara con el rechazo a ciertos episodios autoritarios para autodenominarse “político”, pero obviando la construcción colaborativa de un tejido social” (Mondada, 2016: 12). Y para ello, nada mejor que la radio, pues ella “habla básicamente su idioma –la oralidad no es únicamente resaca del analfabetismo ni del sentimiento subproducto de la vida para pobres- y puede servir de puente entre la racionalidad expresivo-simbólica y la informativo-instrumental, puede y es algo más que un mero espacio de sublimación: aquel medio que para las clases populares está llenando el vacío que dejan los aparatos tradicionales en la construcción del sentido” (Martín-Barbero, 2003: 325).

Para alcanzar este propósito, no podemos obviar que la mayor parte de los formatos empleados en la radiotelefonía están al servicio de la emisión, y no de la comunicación grupal. Lo anterior puede explicarse por el fuerte influjo que en la región ha tenido la noción de periodismo propia de la modernidad eurocéntrica, noción que incluso ha permeado a los equipos directivos de radioemisoras comunitarias chilenas (Araya, 2014).

Afortunadamente, en América Latina hay experiencia y conocimiento suficiente en formatos participativos. Revisitar los trabajos de WACC, ALER, AMARC es una necesaria estrategia. Ello además nos permitirá descubrir posibles falencias en nuestra radiodifusión comunitaria.

Bibliografía

Araya, Rodrigo (2014), The Global Notion of Journalism: A Hindrance to the Democratization of the Public Space in Chile. En Media Systems and Communication Policies in Latin America, London, Palgrave Macmillan.

Fuentes Navarro, Raúl (1992), Un campo cargado de Futuro, México, Felafacs.

Horkheimer, Max y Adorno, T.W. (1969). Dialéctica del Iluminismo. Buenos Aires, Sur.

Huesca, Robert (1994), Theory and Practice in Latin American Alternative Communication Research, en Journal of Communication, Vol. 44, 1994.

Martín-Barbero, Jesús (2003), De los Medios a las Mediaciones, Bogotá, Convenio Andrés Bello.

Moncada, Felipe (2016), Territorios Invisibles, Valparaíso, Ediciones Unibicalistas.

Pasquali, Antonio (1990), Comprender la Comunicación, Caracas, Monte Ávila.

Prieto, Daniel (1985), Diagnóstico de Comunicación, Quito, Ciespal.

Rogers, Everett (1962), The Diffusion of innovations, Glenco, III, Free Prees.

Torrico, Erick (2000), La “microfísica de las prácticas cotidianas” y la recepción de la comunicación masiva, en Revista científico digital, Volumen 2, número 1, octubre-diciembre 2000.

Watzlawick, P., y Otros (1979), Teoría de la Comunicación Humana, Barcelona, Herder.

 

Rodrigo Araya es Profesor en la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.

 

 

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